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  12 / 10 / 2006  
Noticias de Euskadi-Cuba / Euskadi-Cubako berriak

Euskadi-Cuba entrevista a Belén Gopegui: "La revolución cubana y bolivariana ponen en evidencia a la socialdemocracia"

 

Avance de la entrevista a Belén Gopegui, que aparecerá en la revista Konpai, de la asociación Euskadi-Cuba, a finales de octubre. La escritora reflexiona sobre Cuba, Venezuela, el escenario regional latinoamericano y sobre sus influencias en la izquierda mundial.

¿Ves con esperanza el futuro de Cuba y de Venezuela en el nuevo escenario regional? Has afirmado que la resistencia de Cuba es la clave de todo lo que ahora ocurre en la región.

No existe por una parte lo que se hace y, por otra parte, lo que podría hacerse. La cuestión que lo que podría hacerse pero no se hace, sólo tiene existencia verbal, pertenece al mundo del lenguaje pero no al mundo de las cosas. En este sentido el papel de Cuba me parece clave porque mientras en el mundo del lenguaje se hablaba de lo que podría hacerse, en el mundo de las cosas, de la vida, de los actos, Cuba hacía. Y como hacía, en Cuba se desarrollaban facultades del individuo que en los países capitalistas no se pueden desarrollar. Por eso, cuando la revolución bolivariana ocurre puede volver los ojos hacia algo que existe, que ha estado construyéndose.

En cuanto al futuro de Cuba y de Venezuela, creo que de lo que en Europa tenemos derecho a hablar es de la parte de ese futuro en la que estamos implicadas a nuestra modesta manera miles de personas, hablar de la parte de ese futuro que pertenece a una lucha revolucionaria común. No será, por tanto, un futuro que veamos con el matiz que tiene de "espera" la esperanza, sino un futuro que nos interpele. Los distintos colectivos a que pertenecemos, cada cual a nuestro modo, trataremos de responder a esa interpelación.

El reciente espectáculo mediático de cargos políticos y opinadores que, confundiendo sus deseos con la realidad, han manifestado con impudor, sin decoro, con ignorancia, sin respeto, sus dictámenes acerca de lo que "tenía que" suceder en Cuba debido al estado de salud de Fidel es, creo, muy ilustrativo de lo que debería ser la diferencia entre sentirse parte humilde y lejana de un proceso revolucionario como lo somos los distintos movimientos aquí, y sentirse con el capricho de imponer unos criterios políticos capitalistas, que es lo que les ha sucedido aquí a los cargos políticos y a los opinadores.

Hay quienes desde posiciones de izquierda han abandonado definitivamente el referente de la toma del poder, y hablan de cambiar el mundo desde el espacio social, sin tomar el poder político. (Holloway, Negri, etc.) ¿Cuál es tu opinión?

Me parece un error que contribuye a disgregar las energías de la izquierda. Una cosa es que se ponga el acento en la necesidad de profundizar en nuevas formas de organización y otra, pensar que se puede cambiar algo si se permite que quienes hoy tienen de hecho el poder y destruyen y matan y compran y venden las vidas ajenas y mantienen la propiedad ilegítima de los medios de producción, sigan haciendo lo que hacen. Esto no es así y ni siquiera esos teóricos defienden que pueda ser así.

La parte de la vida que permanece al margen de las decisiones de quienes hoy tienen el poder en los estados capitalistas, es mínima por no decir inexistente. Por lo tanto, si no se toma el poder seguiremos obligados y obligadas a aceptar que vender la vida a una empresa o a varias, y en esa medida vender la libertad, es el único modo de lograr la propia subsistencia. Creo conveniente señalar que los zapatistas, a quienes a menudo se ha atribuido la asunción de estas posiciones, hoy no las defienden. Declaran que la toma del poder no es el último objetivo, pero sí un objetivo necesario. Por lo demás, en cuanto al modo de tomarlo, es decir, en cuanto al modo de evitar que las grandes corporaciones económicas y las clases dominantes que se benefician de ellas impongan su tiránica y tantas veces criminal voluntad, toda discusión es interesante siempre que no nos paralice.

Lo que ha ocurrido en los últimos 4 o 5 años en Venezuela ha dado un nuevo protagonismo al concepto de lucha de clases. Pero están quienes dicen que es un concepto ya caduco...

¿Qué pensaríamos si alguien nos dijera que el concepto de derecho a la salud es un concepto caduco? Están empezando a decírnoslo, y parte de la población, desde la debilidad, está empezando a aceptarlo. ¿Qué pasaría si alguien nos dijera que el concepto de justicia es un concepto caduco, o el concepto de lealtad? Desconfiaríamos de quien nos dijera eso a no ser que estuviéramos en una posición tan débil que nos viésemos obligados a asentir a cambio de que quien nos dijera eso dejara de golpearnos, o de matarnos de hambre o cualquier otra cosa. La puesta en duda del concepto de lucha de clases es un acto de fuerza de la clase dominante, un acto al que en ningún caso se debe responder con docilidad.

Basta con comparar los beneficios empresariales con las infracondiciones laborales de millones de personas para comprender a quién le interesa que ese concepto esté caduco y por qué. Beneficios empresariales que para colmo no proceden en la inmensa mayoría de los casos de empresas que fabrican objetos útiles para la vida sino objetos útiles para la muerte, o para el absurdo especulativo, casas que no serán habitadas, medicamentos que no curarán, alimentos que causarán cáncer.

Esto no significa, por lo que respecta al diálogo interno entre distintos colectivos revolucionarios, cerrarse a conceptos nuevos, a nuevas formas de lucha, etcétera. En este sentido creo que a veces la llamada izquierda clásica es bastante menos "sectaria" que algunos movimientos nacientes. Creo que a veces las discusiones se obcecan porque caen en la trampa de pensar que ciertos conceptos niegan otros. Por ejemplo, es perfectamente posible, y a mi parecer conveniente, apoyar el copyleft y sostener la existencia evidente de la lucha de clases. El copyleft me parece un movimiento muy interesante y creo que hay que apoyarlo, lo cual no me impide pensar al mismo tiempo que su campo de acción es limitado puesto que afecta sólo a aquello que puede ser reproducido: es excelente pero insuficiente pues no puede extenderse a otros espacios tales como sueldoleft, barrer los pasillos del metro left, etcétera. Mientras los medios de producción estén en manos de unos pocos, seguirá habiendo lucha de clases y eso no significa que deje de lucharse también por poner en manos de la comunidad los medios de reproducción.

¿Dónde crees que debe estar el papel fundamental del movimiento de solidaridad con Cuba y con Venezuela? ¿En la creación de medios de información alternativa, en la agitación de calle, en la cooperación económica,...?

No conozco lo suficiente como para opinar, dejo aquí el borrador de una idea que he pensado a veces pero que aún no sé articular muy bien: pienso que sería preciso que ese movimiento de solidaridad se convirtiera él mismo en un medio de comunicación, no me refiero sólo a crear una nueva página web o cosas así, me refiero a entrar en los lugares y obtener información de ellos y llenarlos de información. Campañas como la de Euskadi-Cuba, en la parte que conozco que se centra en los Institutos de Secundaria, me parecen especialmente interesantes. Creo que sería fundamental que esos movimientos pudieran entrar en los lugares de trabajo, en los hospitales, en las inmobiliarias, en las escuelas militares, y plantear en cada uno de esos lugares qué significaría aplicar aquí las prioridades educativas o de salud que se aplican en Cuba, y contribuir a desarrollar la imaginación concreta sobre qué sería necesario hacer en cada uno de esos lugares para que tuviera lugar aquí una revolución.

Otra cuestión a la que estoy dando vueltas últimamente, y que afectaría tanto a los movimientos de solidaridad como a los movimientos de izquierda en general es el necesario acercamiento al mundo de la ciencia. En primer lugar y como paso previo creo que sería útil romper de una vez y para siempre la categoría de intelectuales: en el capitalismo todos somos fuerza de trabajo en venta, no podemos ser otra cosa y desde ahí debiéramos relacionarnos unos con otros. Una vez rota esta categoría, creo que hay que ampliar la nómina de trabajadores militantes e incluir a aquellas personas que no trabajan sólo con el lenguaje sino también con la materia. No puede ser que no hay físicos ni biólogos firmando documentos, hablando en público, militando. No puede ser que los estudiantes con inquietudes políticas sigan procediendo sobre todo de carreras como derecho, periodismo, filosofía. No puede ser que sepamos tan poco de lo que está pasando con los auxiliares de la sanidad pública o con los trabajadores de los hipermercados. Eso es claramente insuficiente. Necesitamos el conocimiento de los químicos, necesitamos las aportaciones de los biólogos, necesitamos organizar acciones de resistencia y de combate en donde podamos contar con la información y la organización de personas que estén trabajando en laboratorios farmacéuticos, que estén investigando, etcétera, tanto como necesitamos que nos llegue información de lo que está ocurriendo en Mercadona o en el Doce de Octubre. Necesitamos unir todas esas informaciones para que sirvan a una misma lucha.

¿La actitud ante los medios de la gente solidaria con Cuba y Venezuela debe ser buscar espacios, aunque sean mínimos, en los media convencionales, a la vez que se intentan construir medios alternativos, o lo primero es una pérdida de tiempo y nos debemos centrar en lo segundo?

Mi posición, que me ha llevado a escribir a veces en los grandes medios de comunicación, es que no podemos dar por perdida ninguna batalla, ningún espacio, sobre todo porque a veces otros colectivos, personas y países justos, y en concreto Cuba y Venezuela, necesitan que aunque sea una parte mínima de esos espacios no sea usada para difamarles. Ahora bien, creo que cuando los usamos -y esto valdría también para los colectivos que convocan a periodistas o ponen anuncios o lo que sea- debemos hacerlo siempre desde la conciencia de que estamos en un espacio que miente, y deberemos tratar de contrarrestar explícitamente o estratégicamente o de algún modo las consecuencias de eso que sabemos. Lo que no podemos es acceder a los espacios que mienten con la ingenuidad de pensar que, en el caso concreto de nuestro artículo o nuestro anuncio o nuestra noticia, la mentira se eclipsa. Por eso mismo tampoco debemos concebir, pienso, las acciones, las campañas, etc., pensando en que encuentren un espacio en los medios capitalistas. Conviene recordar que es muy peligroso valerse de alguien que miente: aun cuando en un momento de la batalla pueda ser útil, lo normal es que acabe generando más problemas que ventajas. Los grandes medios de comunicación capitalistas son espacios que manipulan, por lo tanto si en alguna ocasión no nos queda más remedio que usarlos tendrá que ser siempre con extremo cuidado, estando alerta y procurando trastornar sus reglas.

¿Qué coste personal y profesional tiene para un intelectual su posicionamiento claro y público a favor de ambos procesos?

Habría que preguntarse, a mi modo de ver, qué coste tiene su no-posicionamiento o su posicionamiento en contra, creo que estas actitudes tienen dos tipos de costes. En primer lugar una especie de sedentarismo de la conciencia que va perdiendo musculatura, inteligencia, vitalidad de tal manera que, al verse obligados a tolerar la mentira, a convenir con la mentira, pierden la capacidad de argumentar, de distinguir entre un razonamiento verdadero y uno falso. Si un buen día aceptas que dos y dos son cinco, a partir de ese día te vas convirtiendo en un inútil para las matemáticas, ya no puedes estar seguro de nada, ya no sabes si has hecho bien una división o si la has hecho mal, ya no puedes avanzar en la resolución de un problema y acabas repitiendo siempre cosas que ya sabías, cosas que incluso has dejado de comprender pero las repites porque una vez hicieron gracia o porque notas que hay gente que te paga bien o que te aplaude por repetirlas. No es un coste banal. Se podría decir que siempre hay también un cierto interés privado en declarar la verdad, el interés de que no se atrofie el propio entendimiento.

Y el segundo coste sería algo así como: ¿en nombre de qué pueden no defenderse esos procesos? No me refiero a las típicas excusas prefabricadas sobre si hay tres periodistas presos. Los editoriales de periódico etcétera que están en contra de estos procesos, el único argumento real que dan es que son malos para la economía. Pero la economía es una disciplina del saber, no hay nada que sea bueno o malo para la economía, sino para los intereses económicos de determinados sectores de la población. Se argumenta en contra de la revolución cubana o de la revolución bolivariana porque dificultan el que ciertas empresas obtengan una cantidad desorbitada de beneficios en sus territorios. El argumento es tan patético que no merece ni ser discutido. Si la derecha, a pesar de todos sus esfuerzos, nunca ha logrado estar bien vista en el mundo, digamos, de la cultura es porque cualquier inteligencia mediana comprende que sólo es lógico, sensato, justo, digno, ser de izquierdas. Por eso la gran operación de la derecha ha sido la socialdemocracia, disfrazar a la derecha de izquierda y apropiarse de la legitimidad. Pero entonces aparecen procesos como la revolución cubana o la revolución bolivariana, procesos que entre otras muchas utilidades tienen la de poner en evidencia a la socialdemocracia, demostrar que no es de izquierdas, que no le interesa la libertad de cada hombre y de cada mujer sino la libertad de la clase dominante para explotar a hombres y mujeres en grados que nunca disminuyen, y cuando disminuyen se acude a la emigración o a la explotación delegada en países que logran un grado mayor de represión en sus poblaciones.

De manera que pienso que no apoyar y no apoyarse en esos procesos revolucionarios tiene un coste verdaderamente alto. Y no hay que limitarse a los intelectuales, el caso de la política es flagrante: no existe un político europeo que sea capaz de hablar, esto es, de usar el lenguaje para decir cosas y no para encubrirlas. Cuando se escucha, por ejemplo, un discurso de Felipe Pérez Roque se tiene la impresión de estar ante alguien que habla. Cuando se escucha a cualquier político occidental se tiene la impresión de estar ante personas que balbucean, que buscan formas imposibles de decir cosas increíbles, han perdido la palabra con sentido y sólo conocen palabras vacías, frases huecas, inverosímiles. Los políticos occidentales y los politólogos y los editorialistas han perdido la capacidad de hablar con argumentos, cualquier persona puede desmontarles en menos de cinco minutos todas sus frases vacías o contradictorias, por eso se cuidan de que nadie que aún hable tenga acceso a discutir públicamente con ellos y ellas.

De manera que el coste personal y profesional de un posicionamiento al margen o en contra de esos procesos acaba siendo perder el lenguaje, perder la palabra con sentido. Es un coste muy grave para cualquier persona y también para quien, como yo, trabaja con las palabras. El coste de posicionarse a favor no es un coste, es simple gratitud hacia las generaciones que han construido y siguen construyendo una realidad que nos permite pensar y hablar honestamente.

 
 
 
 
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